lunes, 10 de abril de 2017

El cuaderno de música, de María del C. Colombo: librerías donde podés comprar el libro

Algunas librerías donde podés adquirir ahora El cuaderno de Música, de María del Carmen Colombo:

-Hernández: sucursal de Avda. Corrientes y Talcahuano.
-Antígona Libros: 
                               - Av. Callao 737- 4812-7364 /  antigonacallao@edicionesdelsol.com.ar
                               -Las Heras 2597 - 4802-8414 / 9442

-Librería Norte: Avda Las Heras 2225 (1127). Ciudad de Buenos Aires
Tel/Fax 4803.3944 Tel 4807.2039

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sábado, 1 de abril de 2017

Gracias Fundación Cuatrogatos



 Reproducimos a continuación la reseña aparecida en http://www.cuatrogatos.org/show.php?item=515#.Ubs5alfhuAo.facebook. Agradecemos a la Fundación Cuatrogatos y al autor del reseña Antonio Orlando Rodríguez.


Ojo avizor
Los sueños del agua



Los sueños del agua
María del Carmen Colombo, Ilustraciones de Cristian Turdera
Buenos Aires, 2010. Pequeño Editor ISBN: 978-987-1374-13-7

El agua, su frescura, sus reflejos, sus ondas, su misterio. Representación por excelencia de la vida, femenina y fecundante, el agua es un símbolo abierto a las más disímiles interpretaciones. Para los taoístas, está asociada con la inteligencia y el conocimiento; para los cristianos, con el renacimiento y la pureza. No es de extrañar, entonces, que este elemento continúe atrayendo a los poetas, quienes lo recrean desde perspectivas y sensibilidades contemporáneas y en sus diversas manifestaciones: desde un océano hasta un simple charquito. Este último es el caso de Los sueños del agua, hermoso texto de María del Carmen Colombo (Buenos Aires, 1950) que el sello Pequeño Editor editó con formato de álbum, acompañado por exquisitas ilustraciones de Cristian Turdera (Buenos Aires, 1973). Las imágenes no solo acompañan a las versos, escoltándolos, amplificando a veces sorpresivamente sus resonancias, sino que en tres estaciones, a lo largo del recorrido poético, adquieren independencia y voz propia, sin traicionar la coherencia del discurso lírico. "En los charcos, / el agua duerme. // ¡Silencio, / no la despierten!: / está cansada / de correr", advierte Colombo con su verso minimalista, sin adornos superfluos, pero lleno de sugerencias y asociaciones. "Los chicos / se acercan / para ver / en el cristal / de un charco / los sueños del agua". Y no solo los chicos deben acercarse a las páginas de esta obra, sino también los grandes. Los sueños del agua pone al alcance de unos y de otros un paisaje minúsculo donde "como peces de espuma / unas nubes muy blancas / navegan lentamente / en el cristal del agua". Poesía íntima, sin estridencias, que invita al recogimiento y al disfrute de los pequeños milagros de la naturaleza. Una delicia, no puede pasarse por alto.
Antonio Orlando Rodríguez

María del Carmen Colombo: Reportaje Página/12. Suplemento Cultural: lunes 15/11/2016











Por Silvina Friera

La infancia es una música obstinada en manos de la poeta María del Carmen Colombo. Antes de escribir y leer, aprendió a tocar el piano, como Magdalena, la niña protagonista de su bellísima primera nouvelle El cuaderno de música (Cienvolando). La supuesta distancia de la tercera persona, como espejada en la lejanía, deviene proximidad íntima a la manera del “yo es otro” de Arthur Rimbaud. “Lo que empezó como un juego se transformó en una fastidiosa obligación. Y después en un estado de necesidad que la impulsaba a tocar durante horas. Parecía que alguien quería sonar a través de ella. ¿Mozart? ¿Chopin? Sentía en su cuerpo la fuerza de una posesión. Alguien, o Algo, dirigía sus manos, las hacía volar sobre el teclado, muchas veces en contra de su voluntad. De ese estado de trance pasaba al agotamiento. Casi como una médium después de una sesión”. El poder de la vida para Magdalena –a la futura poeta los padres le decían que “lloraba como una Magdalena”– está en la música y en las palabras. “Ahora, sentada frente al piano y mientras acaricia el teclado, se le ocurre que la música era algo así como una flecha, lanzada por las cuerdas ni bien apretaba las teclas con sus dedos. Una flecha esperanzada –se dice–, como toda flecha, en dar en el blanco, en herir a su presa. Así fue entonces, hasta que descubrió que la música, su música, a nadie iba a encontrar en el camino, que su trayectoria solo iba a conducirla a sí misma. Y es por eso que un círculo ocupa ahora el lugar de la flecha, un círculo de sueño, un círculo mágico”.
   MARÍA DEL CARMEN COLOMBO HABLA DE SU NOUVELLE EL CUADERNO DE MÚSICA
“El libro para mí es una voz que te está hablando”
La poeta y narradora logra momentos memorables en su ficción. De la mano del personaje Magdalena, pianista como ella, potencia en imágenes literarias el universo sonoro de las experiencias de la infancia.


En el prólogo de El cuaderno de música, el poeta Eduardo Mileo plantea que para Magdalena “la música será su amuleto, su talismán contra la desgracia”. “Un oráculo al que acudirá cuando el viento traiga la inundación, y con ella, sus sonidos. Desordenados, percusivos, una música de destrucción. Sonidos que traen nuevas voces desesperadas y cadáveres que, como los pájaros de una sola pata, inundarán su pentagrama. Entonces habrá que hacer borrón y cuenta nueva. Escribir la partitura de una nueva vida. Crear la nueva vida que nos devuelve la música”. Los elegantes dedos de las manos de Colombo se despliegan como un abanico de sentimientos cuando pulsa en el aire las teclas de un piano imaginario. Este año también se editó una Antología poética en la colección “Poetas contemporáneos” del Fondo Nacional de las Artes que incluye, además de una sección con inéditos, poemas de La edad necesaria (1979), Blues del amasijo (1985), Blues del amasijo y otros poemas (1972), La muda encarnación (1993) y La familia china (2000). “El personaje de Magdalena tiene que ver conmigo; busqué una tercera persona después de haber probado con una primera persona”, cuenta la poeta y narradora en la entrevista con PáginaI12. “Yo hice un taller con Hebe Uhart que me desasnó. Tuve que leer y aprender mucho porque después de La familia china me quedó un deseo de narrar. La idea de narrar para mí era como llenar la página de letras; pero no quería hacer prosa poética, quería escribir narrativa”.
–¿”El cuaderno de música” es una novela sobre la música de la infancia?
–Sí, es algo así. Me quedó una nouvelle en tres partes en las que, contando el aprendizaje de esta chica y sus experiencias con el piano, estaba contando mi aprendizaje para ingresar en otro género, que es la narrativa. En la primera parte, hay fragmentos que a veces tienen que ver entre sí, pero a veces no. Después en “Pequeño concierto” hay historias en base a anécdotas que tienen el nombre de una pieza musical. Al final, en “Primavera en mitad de invierno”, título de un verso de T.S.Eliot –“esta primavera no entra en el contrato del tiempo”–, hay un tiempo que sería el de la ficción, que no figura en el almanaque. Y ahí hago dos narraciones más largas que suceden en primavera. Cuando empecé a narrar, no podía salir de los fragmentos, pero después me fui animando a contar historias un poco más extensas. Parece que se me soltó el hilo y pude, por fin, contar una historia. Ahora me siento escritora.
–¿Por qué? ¿Antes no era escritora?
–No sé, qué se yo… Poeta sí me siento… Me gustan los desafíos y me gusta aprender.
–Como advierte la narradora de “El cuaderno de música”, es verdad que es “una mujer de manos grandes”…
–Sí, heredo las manos de mi papá, pero el piano también me dio cierta flexibilidad. Antes de aprender a leer ya tocaba el piano. Me llevaron aprender a una profesora de barrio y aprendí fácilmente. El piano me fue acompañando toda la infancia y la adolescencia, hasta más o menos los treinta años. Yo tenía un piano, pero me separé y el piano quedó en mi ex casa… El cuaderno de música es un libro digno para mí; con eso me conformo porque la narrativa es un género muy difícil, no es lo mismo que la poesía, es otra cosa. Me hizo muy feliz escribir el libro. Que alguien me lo pidiera para editar no estaba en mis planes. Me dio una gran satisfacción sin buscarlo.
   Hay momentos memorables en la nouvelle de Colombo, hallazgos narrativos de una formidable escritora y poeta que logra acunar las imágenes para potenciar el universo sonoro de las experiencias de la infancia. “Magdalena descubrió que cada objeto tenía un sonido propio, solo había que hacer silencio para distinguirlo. Con algunos, como la heladera, era muy fácil. Pero otros, como el caracol, había que llevarlos a la oreja –revela la narradora–. Con el tiempo pasó con los libros, cuando no entendía qué decían, suponía que era por el volumen demasiado bajo de la voz que hablaba en esas páginas. Entonces Magdalena acercaba su oreja a la página para escucharla mejor. Se quedaba dormida en el intento, sentada a la mesa de la cocina”. Sonríe y confirma que de niña creía que todos los objetos tenían un sonido. “Cuando no entendía algo, me ponía el libro en el oído, porque cada objeto tiene su propio lenguaje, su propia música o su propia voz. Me parecía que cuando no entendía algo es porque hablaba bajo y tenía que acercar la oreja. El libro para mí es una voz que te habla”.
–¿Por qué en “Mozart: marcha turca” Magdalena ve un afiche que pide “¡Libertad a Vallese!”?
–Felipe Vallese fue el primer desaparecido. Como en esa parte del libro se menciona el genocidio armenio por un vecino armenio, el hijo del zapatero que nos hablaba de las matanzas, cuando yo tocaba “La marcha turca” en un principio me provocaba pesadillas. Mi mamá me decía que eso había pasado en otro país y que acá nunca iba a pasar, que me quedara tranquila. Pero acá también hubo un genocidio. Yo recuerdo esos carteles con la cara achinada y los bigotes de Vallese… Lo curioso es que mi mamá hizo muchísimo para que yo estudiara piano: me pagaba los profesores, me mandó al conservatorio nacional, pero nunca me escuchaba tocar y no me decía nada. Magdalena siente que toca para nadie, que es un poco también el sentido de la escritura, que uno tiene un lector interior y nunca escribe solo porque está acompañado por una manifestación de gente: vivos, muertos, y por textos que va leyendo. Supongo que para alguien escribo, pero no he detectado el destinatario íntimo.
–En “Chopin: Vals del minuto” Magdalena toca el piano en una reunión de militantes políticos para “cubrir con sonidos las voces prohibidas”. ¿Es la recreación de una experiencia personal?
–Sí, por eso está dedicado a Mónica Valdés, que también es poeta y fue testigo de ese hecho. Mónica era militante del PCR (Partido Comunista Revolucionario), pero no tocaba el piano. Primero empecé a militar en el PCR y después, cuando me fui, pasé al peronismo. Yo nunca participé de una agrupación armada porque no estaba de acuerdo con la lucha armada. A través de una agrupación de telefónicos de (Julio) Guillán, donde estaban Germán Abdala y Víctor De Gennaro empezamos a trabajar con los gremios antivandoristas; ayudábamos en la organización de las agrupaciones antivandoristas para ganar los gremios.
–¿Cómo fue la experiencia del Grupo de Poesía El Ladrillo en los años 70?
–Hicimos muchas actividades con Vicente Muleiro, Jorge Boccanera y Adrián Desiderato, entre otros poetas, en lugares más populares. Íbamos a leer a clubes de barrio, lo que no quiere decir que descuidáramos nuestra poesía. Yo era la única mujer del grupo y no estaba tan comprometida todavía con la poesía. Escribir siempre escribí; el primer poema que publiqué, “Adiós en el 74” (ver recuadro) salió en El cronista comercial y me lo publicó Leónidas Lamborghini sin conocerme, porque un amigo le llevó el poema que escribí cuando murió Perón. Yo no le di mucha importancia. Lo escribí sentada en el cordón de la vereda, mientras esperaba en la cola del velatorio de Perón, al que nunca llegué a entrar. Sentir el compromiso con la poesía es darse cuenta de que uno entró en un terreno que tiene otras reglas. Ahora siento que eso es lo que soy: mi escritura. Sea mala o sea buena, quede o no quede. No importa, ¿comprendés? Es una apuesta en la que nadie te puede garantizar nada. Cuando escribo poesía, no entiendo lo que escribo.
–¿Es mejor no entender?
–No sé… pero me hace sufrir (risas). Además, siento un abismo porque escribo sin red. La poesía se escribe sin red, eso es lo que me pasa a mí. En cambio al escribir narrativa sentía que tenía más injerencia sobre el texto. ¿Por qué? Uno tiene la ilusión de que hay una red en la historia o el personaje, que da un control entrecomillas. En cambio la poesía es un vértigo. Hay poemas que los he entendido después de editados, me pasa eso como poeta. Tuve la ilusión de que en esa red narrativa podía flotar mejor.
–¿Cómo definiría su escritura poética? ¿En qué tradición de la poesía argentina la inscribiría?
–Yo empecé con la tradición de (Juan) Gelman, con lo que alguna vez se llamó el coloquialismo, pero cruzado con lo lírico. A mí me gusta que mis poemas tengan lirismo, aunque en los 90 fue muy rechazado. El lirismo es necesario para mí. Hay toda una poesía conversacional que deja de lado el lirismo, que no le gusta. Yo me defino en el cruce entre el coloquialismo y el lirismo.
–¿Viene de familia peronista o se hizo peronista por el antiperonismo de sus padres?
–Yo me hice peronista. Vengo de una familia muy antiperonista, no a nivel de militar en contra del peronismo, sino que tenía presente esa idea de los inmigrantes de que el peronismo era de “los cabecitas negras”. Toda mi familia era de River y yo salí de Boca (risas). Mi papá era muy amigo de (Ricardo) Balbín. Cuando no tuvo trabajo, durante la época de Perón, Balbín le prestó plata. Cuando fui a Ezeiza por el regreso de Perón, mi mamá me decía: “¿qué te da Perón? Si cuando tu padre no tuvo trabajo, fue Balbín el que nos dio la plata”. Yo le preguntaba a mi papá por qué era antiperonista, “si Perón te dio el aguinaldo, te dio las vacaciones”, pero él no me sabía contestar y lo ponía en un aprieto…
–Quizá tiene que ver con los imaginarios de clase, ¿no? Su padre se ubicaba en la clase media y veía al peronismo como “cosa de negros” y pobres.
–Sí, es así, no había forma de convencerlo. Tengo un hermano anarquista y hermanas radicales, pero yo salí peronista de principio a fin. Y kirchnerista también, porque creo que Néstor Kirchner le dio doce años más de vida no sólo al país entero, sino al peronismo. Acordate lo que era el peronismo en 2001, ahora volvimos otra vez a lo mismo, a gente que ha olvidado cuál es la columna vertebral ideológica del peronismo. Me parece que se es muy injusto cuando se lo trata a Kirchner de “ladrón”, con una moralina muy hipócrita, y no se le reconoce que gracias a él todavía puede el peronismo sacar la cabeza porque sino le hubiera pasado lo que le pasó al radicalismo en 2001. Vamos a ver qué queda de todas estas denuncias dentro de dos o tres años. Desde ya que no voy a defender a un ladrón, pero me parece que hay un ajuste de cuentas, una revancha. 


La ficha

María del Carmen Colombo nació en Buenos Aires en 1950. Integró el grupo de Poesía El ladrillo y ha publicado La edad necesaria, Blues del amasijo, La muda encarnación y La familia china, entre otros poemarios. Leyó mucho a Alejandra Pizarnik y a Olga Orozco. “No sé si Alejandra hubiera existido sin Orozco… eso nunca se sabe. A Alejandra no la conocí, pero sí tuve el privilegio de conocer a Orozco”, cuenta la poeta que reconoce el impacto que le generaron las lecturas de Leónidas y Osvaldo Lamborghini. “De chica leía mucho a Baldomero Fernández Moreno y Alfonsina Storni. Me gusta leer poetas líricos como Saint-John Perse. De los latinoamericanos me interesan Jaime Sabines, Vicente Huidobro, y una poeta uruguaya extraordinaria que admiré siempre, poco reconocida, Suleika Ibáñez, que murió hace poco. Me gusta Juan Rulfo, siempre leí su obra como si fuera poesía”. De las poetas contemporáneas menciona a dos fundamentales: Irene Gruss y Diana Bellessi. Colombo ha recibido el Premio de Poesía V Centenario (1992) y una Mención Especial en el Premio Nacional de Poesía. Integra el consejo editorial de Hilos Editora y coordina talleres literarios desde 1980.

Para que puedan leer la entrevista a Maria Del Carmen Colombo en que le cuenta a Silvina Friera sobre su nouvelle El cuaderno de música. Es una muy bella entrevista.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Historia de un poema (Especial para Revista El Desaguadero)


Por María del Carmen Colombo



El poema elegido está incluido en mi último libro editado, La familia china. Forma parte  de ese conjunto que irrumpió  y se fue gestando paralelamente a la escritura de otros poemas como una escritura secreta. Y digo secreta porque pasó mucho tiempo hasta que la hiciera conocer. Es que esa irrupción fue desconcertante para mí, que no atinaba a dar cuenta de lo que en ese momento estaba pasando con mi poesía.

Desconcertante pero también gozosa. Porque al dejarme llevar por esa nueva música  iba ocupando el espacio de la página (llenando el espacio con letras). Y con la forma del «poema en prosa», con esos poemas achaparrados y compactos, sentía que me liberaba  de esos otros poemas, delgados, casi raquíticos, y de gran concentración  de mis libros anteriores.  Creo que en ese aspecto tuvo mucho que ver el encuentro con  los textos de Osvaldo Lamborghini, en particular con Matinales.  La sonoridad  alucinatoria de ese texto obró como un disparador para la entrada de ritmos hasta entonces nunca abordados por mi escritura. Lo leí y releí hasta casi memorizar algunos fragmentos;  siempre como «poema» y sin reparar en que el autor y los críticos lo catalogaban como «cuento».

El elemento oriental fue aportado por «los chinos de acá», como llamaba yo a una familia  que ocupaba un departamento de la casa donde vivía, en el barrio de Villa Crespo. Encontraba  al padre de esa familia -integrada además por su mujer y dos hijas- en las reuniones de consorcio. Me causaba gracia la respuesta que ese hombre daba a cualquier pregunta incómoda: «no entender, no entender», repetía.  Pero la frase quedaba resonando, como un mantra que parecía traducir mi propia desorientación.

Ese hombre inspiró el poema elegido para la sección «La historia de un poema», que fue uno de los primeros que escribí, basándome sólo en ciertos detalles  que creí evocaban lo oriental (un ejemplo es el uso de palabras del tipo «biombo», «bambú», «abanico»).

Lo oriental así entendido, y como elemento de mediación, también me permitió tomar distancia y a su vez acercarme de otra manera a un territorio familiar, que no sólo incluye la lengua del Río de la Plata, sino además una tradición literaria, con la que trabajé en libros anteriores. Me refiero a ciertas voces del gauchesco, a Esteban Echeverría, Girondo, Artl, Discépolo. Dentro de esta «familia», también se incluyen «parientes lejanos», como Rimbaud o Elisabeth Bishop. Todo mezclado con retazos de elementos biográficos y de discurso político (este último encarado en forma  panfletaria). Mezcolanza, entonces. Y también humor, el encuentro de lirismo y humor. Un humor más emparentado con la sonrisa que con la carcajada –el sonreír de los tontos-, que a veces roza la ironía, pero que nunca llega a la mueca.

Mi hija Soledad fue la primera lectora: su entusiasmo me alentó a continuar. Y sus acertadas indicaciones me sirvieron en la etapa de  corrección. Ella  me convenció de que el título era el adecuado, por el doble sentido de la expresión «familia china»: uno, el evidente; y el otro, el que alude en nuestra lengua coloquial a una particularidad inextricable. Más tarde, la lectura de Antonio Moro, amigo y poeta cordobés, resultó fundamental para que pudiera seguir adelante. Cuando creí que el libro estaba concluido, entregué el material a otro amigo, el poeta y dramaturgo Alfredo Rosenbaum, quien llevó a escena los poemas, en el Teatro Rojas.

El estreno de esa obra coincidió con la publicación del libro, editado por José Luis Mangeri, en Editorial Tierra Firme. La salida del libro me conmocionó. Pero asistir como espectadora al estreno y a las sucesivas representaciones fue una experiencia impactante. Creo que fue gracias a esa conmoción que comprendí hondamente el sentido de los poemas de ese libro. Hilos Editora lo reeditó en 2012, en una versión que incluye tres textos inéditos.     



*
Cuando las tres chicas se acercan, el padre cierra el abanico de sus sentimientos, de golpe. Tiene miedo el padre chino de que el calor de sus hijas desplanche las rayitas de su alma, plisadas con suma paciencia por sus antepasados.
El miedo le hace pitar de una boquilla elongada hasta el límite. Chupa del pico el hombre, y de su boca evaporada por el humo se desprenden pensamientos finitos como el perfil de un pez raya. Es el opio de los pueblos con que carga su boquilla el que lo hace descifrar sus pensamientos en voz alta.
“Esas tintoreras –dice de sus hijas– calientan la pava y después yo salgo hecho una planicie. Qué saben ellas, tan chiquitas, del trabajo que costó a mis antepasados imitar el oscuro abanico de las olas, escama por escama, durante milenios, hasta hacer de mi alma este biombo musical que sólo los hombres chinos saben desplegar con dignidad.”
Al escucharlo, la más china de las tres chicas desenrolla el caracol de su rodete en señal de rebelión.
Cae ondulado el bandoneón de su pelo, y el padre recuerda el golpe, seco, de una sombrilla al cerrarse.


María del Carmen Colombo, en La familia china

lunes, 27 de marzo de 2017

Pablo Ananía: Concierto barroco*



Reseña: La familia china, de María del Carmen Colombo (Hilos Editora, 2011).


Extraños y fantásticos estos textos de Colombo, extraño estilo barroco/humorístico/oriental/porteño. Son poemas en prosa encantatorios y conmovedores, eróticos, deslumbrantes. Hay sobre todo uno ("El Mar de la China", que aquí se reproduce) que debe leerse varias veces. Es como un magnífico, mínimo concierto barroco. Quien esto escribe tiene el explícito permiso de Alejo Carpentier, al cual lo ata una fluida y permanente conversación, ya que es precisamente ese libro suyo uno de los dos (el otro es Bartleby) de los cuales el comentador nunca podrá desapegarse ni aunque Alberto Girri resucite para abominar de sus lecturas. ¿Demasiada mescolanza? Es posible. Pero no es sencillo a cierta edad encontrar a alguien que ha logrado con arte y artesanía ponerle el cascabel a esa noción abstracta de Belleza con la que los poetas navegamos sin brújula y sin sentido (sin significados). No hay otra alternativa después de la lectura de este libro de Colombo que entrar en estado de confusión, y si aparece Girri en la ensalada es (por dicha) porque he encontrado también en estos textos que es posible (ahora ya no me caben dudas) reflexionar con la música y con las substancias polícromas del arte de la pintura, sobre todo si se la intenta "con el fino pincel de las pestañas". Y de esa extraña armonía tan lograda procede el deleite especial que produce la lectura de "La familia china". La Música, creo saberlo aunque me resulte muy duro demostrarlo con la escritura, es un signo absoluto: a tal sonido o conjunto de sonidos corresponde esencialmente tal estado de la naturaleza o tal ser, tal pensamiento o tal afecto amoroso... ¿Habrá encontrado Colombo un camino para acercarnos al misterio de la Música, del Poema? ¿Cómo hizo para cantar en esa lengua?



*Texto inédito.

Presentación del libro "El cuaderno de música"



domingo, 26 de marzo de 2017

Seminario en la Feria del Libro Mendoza:


Seminario: Inspiración y transpiración: Un acercamiento al hacer del poeta.
A cargo de María del Carmen Colombo