miércoles, 17 de octubre de 2018

Leónidas Lamborghini: Las patas en las fuentes

Tapa de una de las primeras ediciones de este libro, luego incluido en la edición
 de El solicitante descolocado.

lunes, 15 de octubre de 2018

Bibliografía sobre María del Carmen Colombo: ÉRICA MARTÍNEZ




Un Fragmento:

"
El yo clandestino de La muda encarnación*, de María del Carmen Colombo

Autora: Erika Martínez Cabrera**

La muda encarnación (1993) comienza con una cita de Nietzche de la que Colombo se apropia 
invirtiendo su dirección ideológica: “La mujer sigue siendo gata o pájaro. O, en el mejor caso, 
vaca”. A la animalización, que impregnaba de visceralidad a los personajes arrabaleros del 
Blues del amasijo (1985), se le viene a sumar ahora una personificación de las bestias 
simbólicas de la Patria Grande: la vaca y el caballo (312). La oralidad coloquial viene a mezclarse 
fluidamente con un culturalismo paisajístico que lee el campo argentino a través de los ojos pictóricos
de El Bosco o Bruegel, y se aleja así del populismo. Del arrabal a la pampa, Colombo trabaja 
incansable sobre un imaginario folclórico herido de muerte. Una “pobre mortal montura” enamora al 
“eterno caballo” del poema IV; los poemas VI y VII cuentan la “Caída” y la “Muerte de la vaca 
ancestral”. Las voces de Colombo funcionan como un mecanismo corruptor de símbolos 
nacionales: Una orquesta de almas/ desafinadas voces/ en mi oído absoluto” (pp. 41-42). 
El poemario narra la agonía de lo infinito, de la eternidad de la pampa, retratada en todo lo que hay 
en ella de contingente: aperos, animales, detalles del paisaje. Como contraposición a la pampa 
aparece el gallinero, signo de una culpa, de una podredumbre de los cuerpos en la que aún resuenan 
los ecos de la dictadura. Dios está enfermo, como el día que nació César Vallejo, y se multiplican 
las zanjas, los huecos, las fisuras, los agujeros (313). El no-ser atraviesa todo el libro: la vaca 
y la gallina existen en negativo, condenadas a una “condición de alverre” (sic), son “las que no” frente 
al perpetuo “soy el que” del gallo, de lo masculino (314).
De forma más explícita que en el Blues del amasijo, la multitud de personajes, registros y voces que 
atraviesan La muda encarnación son máscara de un vacío, de una pérdida del cuerpo y de la palabra, 
como apunta ya el libro desde su título (315). El disfraz que persiste en la poesía de la década anterior revela ahora con más claridad su naturaleza: se convierte en sudario. Como indica una cita bíblica (316), “el vacío de su yo”, “las 
entrañas huecas” (pág.50) de la madre proceden de la inexistencia (¿desaparición?) del hijo (página 51), 
(317):

oh figlia del tuo figlio

ese sudario
envuelve
el vacío de todos tus huevos.

En el último poema, titulado como el texto vallejiano “Espergesia”, se abre paso sin embargo la 
esperanza: ante un dios ausente, la salvación llega a través de la representación. En escena, 
bajo los
 reflectores, el vacío se vuelve eficaz. No hay más certidumbre que esa.

quiero el agua
del paraíso, dice, alba
blanca, pura luz mirando el
reflector dice llena
luna sin culpas
el balde de mi alma
hasta el colmo
como quien toma del gollete
celestial actriz finge
la gota terrenal cuando
enjuga con la punta
del manto una sed de rocío: ella
cree en la eficacia
del vacío y representa
la escena pensada por dios
para salvarnos (318)

Del final de La muda encarnación nace el siguiente libro de Colombo, La familia china (1999), 
donde los personajes pasan de alternar sus registros y voces poéticas a cobrar la personalidad y 
presencia de caracteres teatrales (319). Estructurado en una serie de estampas en prosa poética,
este último libro dinamita en su baile intergenérico al yo confesional de la lírica.
En El hacedor (1960) de Borges, Shakespeare se dirige a Dios para decirle: “Yo, que tantos hombres he 
sido en vano, quiero ser uno y yo (pág. 1989,182). Para Colombo, el único ser en vano es el ser 
único. De ahí que refuerce la multiplicidad del yo en el poema, que lo disfrace siempre de nuevo.
* Fragmento extractado de Carnaval negro: Veinte poetas argentinas de los años 80, 
(págs. 493 a 496), texto correspondiente a la tesis doctoral de la docente e investigadora española
 Erika Martínez Cabrera (dirigida por el doctor Älvaro Salvador Jofré), de la Universidad de Granada,
Facultad de Filosofía y Letras del Depto de Literatura Española.
** Erika Martínez Cabrera es docente e investigadora de la Universidad de Granada. Entre sus 
diversos trabajos se encuentran: “La narrativa breve de Silvina Ocampo”, “Dos ventanas, una 
luz: la prosa de Sor Juana y Santa Teresa de Jesús; “El ser invisible. Poesía argentina de los años 80, 
escrita por mujeres”.-------------------------------------------------------------------------------------------------
(312) El diálogo con Oliverio Girando es en este punto claro. Casi podríamos leer el siguiente 
extracto de Espantapájaros (1932) como un intertexto cómico de la cita de Nietzche: “¿Verdad que no
hay diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y 
ocho centímetros del suelo?” (1986, pp. 66,67). Lejos del humorismo de Girando, la personificación 
de Colombo tiene una vocación dramática que nos hace pensar en otro gran maestro de la locución 
animal, Horacio Quiroga, que
 con frecuencia dotaba a sus bestias de un halo trágico muy lejano al tono de la fábula tradicional.
(313)Vallejo escribió en “Espergesia”, el famoso poema de Los heraldos negros (1918) con el que 
dialoga Colombo: “Hay un vacío/ en mi aire metafísico/ que nadie ha de palpar” (1985, 49). El origen
 incierto del vocablo “espergesia” (relacionable quizás con el latín expergiscor, “volver en sí,
 despertar”), apunta más bien a un neologismo del infinito idiolecto vallejiano.
(314)Resuena en estas fórmulas un episodio de La Biblia: al arder la zarza frente a Moisés, se escuchó 
una voz que decía “yo soy el que soy” (Éxodo 3:1-417. Estas palabras fueron sagazmente alteradas por 
Cervantes quien, frente a un labrador, hace proferir a su maltrecho Quijote un “yo sé quién soy” (parte 
I; Cap. V). Shakespeare parece glosarlas igualmente en Hamlet, cuyo protagonista afirma: “I am myself”
 (“yo soy yo mismo”), acto 3, escena I, y en Otelo, donde Yago afirmaba: “I am not what I am”(“yo no soy 
lo que soy”), acto 1, escena I).
315 Para el cristianismo, la encarnación es el misterio y el dogma de la palabra hecha carne. Visto a la 
luz de esta definición, el título de Colombo se torna en contrasentido. Algo que deja de ocurrir si 
atendemos a los efectos del trauma de la dictadura en la producción cultural argentina de los años 80.
Las consecuencias poéticas de la imposibilidad de ver y su derivación en una imposibilidad de hablar
 han sido estudiadas en varios artículos por Jorge Monteleone (ver bibliografía).
316 Las referencias bíblicas atraviesan todo el libro –de nuevo desde el título—con una presencia
 que alterna lo amenazante y lo cómico: “tú (eres) la que no/ ahora y en la hora” o “polvo eres” 
(pág. 53); pecadores y justos/ en un libro de calles/ dispersas” (pág.35); “ora pro nobis” (pág.37);
 “creo en/ la Ponedora/ purísima del casto/ huevo celestial” (pág.47). De hecho en la segunda parte 
del poemario pueden seguirse las huellas argumentales del “misterio de la encarnación”:  la
 presencia de la virgen (pág.33), la anunciación (pág. 37), el propio misterio: “un hechizo/ no
 puede despertar// a las hondas de montaña/ ave luz ave dios/ por qué serás tan/ alto en el vientre…”
 (pág.32).
317 Muchos años después pero en clara sintonía con Colombo, Diana Bellessi escribirá: “Nacen 
esas madres/ de esos hijos y después/ se quieren ir” (2005). Las madres reiben de sus hijos la 
“Herencia” (así se titula el poema) de la rebelión. Este nacer de los hijos se lo debe todo, sin duda,
a las Madres de Plaza de Mayo, que 
hicieron un eslogan de esta nueva forma de materinidad.
318 Colombo, 1993, pág. 59.
319 Como prueba del carácter anfibio del poemario, hay que decir que varios de sus fragmentos 
fueron adaptados al teatro y representados en los años 1999-2000 en los Festivales de Teatro 
del Centro Cultural Ricardo Rojas de Buenos Aires.

sábado, 13 de octubre de 2018

Néstor Ponce: Una poética de excepción : el manifiesto del grupo El Ladrillo (1980) e

Una poética de excepción : el manifiesto del grupo El Ladrillo (1980)

[article]

  Année 1998  21  pp. 111-117

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Antología Taller de Poesía, Casa de la Poesía, noviembre 1999


Participaron los poetas: Lilian Edith Bartolucci; María del Carmen Bidart;  Alberto Blanco
María Gabriela Cazzaniga; Jorge Claverié; 
Gabriel Darío Delfino; Miguel Ángel Fernández.;  Adriana Ferrari!; Norma Fumero; 

Miguel Lifrieri; Néstor Adrián Lombardo;  Diego Lozano; Silvia Mazar; Alicia Silvia Messuti; 
Silvia PalferroBeatriz Elena PuertasSergio Edgardo Stul;  Ramón Rosa Tolosa; 
Martías Villarruel

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viernes, 12 de octubre de 2018

Un poema a la muerte de Perón: Historia




Este poema fue publicado el 16 de julio de 1974, en la sección "Cultura" del diario El Cronista Comercial, dirigida por el poeta Leónidas Lamborghini, a quien no conocía en ese momento. 

domingo, 1 de julio de 2018

María del Carmen Colombo: Un poema a la muerte de Perón





Este poema lo escribí el mismo día de la muerte de Perón, bajo la lluvia, sentada en un umbral. Leónidas Lamborghini, a quien no conocía en ese tiempo (tampoco recuerdo cómo llegó a sus manos el poema), lo publicó en un diario de la época (El Cronista Comercial), con comentario y anunciando la salida de in libro, que nunca edité, en donde se encontraba incluido este texto.


Para creer que te fuiste
me bajé de mí hasta nosotros
compañera la lluvia
compañero el silencio
y fui atando miles de pañuelos
al cordón umbilical de tu recuerdo
con el sentido de las caras mojadas
y la revelación
abrazando toda la calle pueblo entrecortada
por mil avenidas pueblo
horas de verte el rostro Buenos Aires
entre los puños tiesos de un obrero
y una lágrima casi suicidándose
en el perfil solemne de un rulero
batón de ama de casa húmedo
húmedas zapatillas
bajando del ombligo de las villas
esas pecas que gritaron tu nombre un 17
al ritmo de esta espera feroz
julio primero después soltó las lágrimas
y juntando retazos de lecciones pasadas
en una patria dolorida
políticamente vos
tu nombre duele
económico adiós y para siempre
Y a dios bajaste
Para nosotros, nada mejor que
cada uno de nosotros
construyéndote aún entre los cánticos
con un bombo de nada un vacío tan hueco
y esa preciosa música la última
la única inevitable.
(1974)

sábado, 30 de junio de 2018

María del Carmen Colombo: Revista El Desaguadero: Sección “La historia de un poema”




María del Carmen Colombo

El poema elegido está incluido en mi último libro editado, La familia china. Forma parte  de ese conjunto que irrumpió  y se fue gestando paralelamente a la escritura de  otros poemas como una escritura secreta. Y digo secreta porque pasó mucho tiempo hasta que la hiciera conocer. Es que esa irrupción fue desconcertante para mí, que no atinaba a dar cuenta de lo que en ese momento estaba pasando con mi poesía.
Desconcertante pero también gozosa. Porque al dejarme llevar por esa nueva música  iba ocupando el espacio de la página (llenando el espacio con letras). Y con la forma del “poema en prosa”, con esos poemas achaparrados y compactos, sentía que me liberaba  de esos otros poemas, delgados, casi raquíticos, y de gran concentración  de mis libros anteriores.  Creo que en ese aspecto tuvo mucho que ver el encuentro con  los textos de Osvaldo Lamborghini,  en particular con Matinales.  La sonoridad  alucinatoria de ese texto obró como un disparador para la entrada de ritmos hasta entonces nunca abordados por mi escritura. Lo leí y releí hasta casi memorizar algunos fragmentos; siempre como “poema” y sin reparar en que el autor y los críticos lo catalogaban como “cuento”.
El elemento oriental fue aportado por “los chinos de acá”, como llamaba yo a una familia  que ocupaba un departamento de la casa donde vivía, en el barrio de Villa Crespo. Encontraba  al padre de esa familia
--integrada además por su mujer y dos hijas-- en las reuniones de consorcio. Me causaba gracia la respuesta que ese hombre daba  a cualquier pregunta incómoda: “no entender, no entender”, repetía.  Pero la frase quedaba resonando, como un mantra que parecía traducir mi propia desorientación.
Ese hombre  inspiró el poema elegido para la sección “La historia de un poema”, que fue uno de los primeros que escribí, basándome sólo en ciertos detalles  que creí evocaban lo oriental  (un ejemplo es el uso de palabras del tipo “biombo”, “bambú”, “abanico”).
Lo oriental así entendido, y como elemento de mediación, también me permitió tomar distancia y a su vez acercarme de otra manera a un territorio familiar, que no sólo incluye la lengua del Río de la Plata, sino además una tradición literaria, con la que trabajé en libros anteriores. Me refiero a ciertas voces del gauchesco, a Esteban Echeverría, Girondo,  Artl, Discépolo. Dentro de esta “familia”, también se incluyen “parientes lejanos”, como Rimbaud o Elisabeth Bishop. Todo mezclado con retazos de elementos biográficos y de discurso político (este último encarado en forma  panfletaria). Mezcolanza, entonces. Y también humor, el encuentro de lirismo y humor. Un humor más emparentado con la sonrisa que con la carcajada –el sonreír de los tontos-, que a veces roza la ironía, pero que nunca llega a la mueca.
Mi hija Soledad fue la primera lectora: su entusiasmo me alentó a continuar. Y sus acertadas indicaciones me sirvieron en la etapa de  corrección. Ella  me convenció de que el título era el adecuado, por el doble sentido de la expresión “familia china”: uno, el evidente; y el otro, el que alude en nuestra lengua coloquial a una particularidad inextricable. Más tarde, la lectura de Antonio Moro, amigo y poeta cordobés,  resultó fundamental para que pudiera seguir adelante. Cuando creí que el libro estaba concluido, entregué el material a otro amigo, el poeta y dramaturgo Alfredo Rosenbaum, quien llevó a escena los poemas,  en el Teatro Rojas.
El estreno de esa obra coincidió con la publicación del libro, editado por José Luis Mangeri, en Editorial Tierra Firme. La salida del libro me conmocionó. Pero asistir como espectadora  al estreno y a las sucesivas representaciones fue una experiencia impactante. Creo que fue gracias a esa conmoción que comprendí hondamente el sentido de los poemas de ese libro.  Hilos Editora lo reeditó  en 2012, en una versión que incluye tres textos inéditos.       




*
Cuando las tres chicas se acercan, el padre cierra
el abanico de sus sentimientos, de golpe. Tiene
miedo el padre chino de que el calor de sus hijas
desplanche las rayitas de su alma, plisadas con suma
paciencia por sus antepasados.
El miedo le hace pitar de una boquilla elongada
hasta el límite. Chupa del pico el hombre, y de su
boca evaporada por el humo se desprenden pensamientos finitos como el perfil de un pez raya. Es
el opio de los pueblos con que carga su boquilla el
que lo hace descifrar sus pensamientos en voz alta.
“Esas tintoreras –dice de sus hijas– calientan la pava
y después yo salgo hecho una planicie. Qué saben
ellas, tan chiquitas, del trabajo que costó a mis antepasados imitar el oscuro abanico de las olas, escama por escama, durante milenios, hasta hacer de
mi alma este biombo musical que sólo los hombres
chinos saben desplegar con dignidad.”
Al escucharlo, la más china de las tres chicas desenrolla el caracol de su rodete en señal de rebelión.
Cae ondulado el bandoneón de su pelo, y el padre
recuerda el golpe, seco, de una sombrilla al cerrarse.

María del Carmen Colombo